viernes, 04 de marzo de 2016
primicias

Una cárcel de Milán abrió un restaurante atendido por los presos, y no da abasto

"In Galera" (En la cárcel) abrió al público con platos gourmet cocinados y servidos por ocho internos de la penitenciaría de Bollate. Cuesta reservar una mesa.

Increíble, pero real, un restaurante abrió sus puertas en una cárcel de la ciudad italiana de Milán y tiene tamaño éxito que cuesta conseguir una mesa con una reserva telefónica.

Atendido por sus propios presos. Ese tal vez sería un buen eslogan para este restaurante que abrió sus puertas hace poco en Milán. Está ubicado dentro de una cárcel y los mozos y los cocineros son reclusos.

El restaurante se llama -como no podía ser de otra forma- In Galera, "en la cárcel" en italiano. La entrada al establecimiento se encuentra en el interior del perímetro carcelario de la penitenciaría de Bollate. El restaurante es el mismo que utilizan los familiares de los detenidos en los días de visita de la prisión, en la que hay 1.100 detenidos, entre ellos un centenar de mujeres.

La decoración del lugar tiene ironía en los detalles: en las paredes hay carteles de famosas películas de escapes, como "La fuga de Alcatraz" o "La milla verde", mientras que en los manteles individuales se reproducen fotos de algunas célebres prisiones italianas o extranjeras, como la Regina Coeli de Roma o la británica Dorchester.

Una periodista del diario español El Mundo fue a comer allí y asegura que el restaurante se convirtió en uno de los más populares de la ciudad, hasta el punto de que es difícil encontrar mesa para cenar. La única condición para poder almorzar o cenar en In Galera es haber reservado mesa por teléfono.

En la crónica se cuenta que los comensales primero deben esperar en la sala donde los familiares de los detenidos esperan para poder ingresar. Desde allí luego trasladan al cliente hasta el establecimiento. Sorprendentemente, no se deberá pasar ningún control de seguridad, ni mostrar el documento de identidad, y ni siquiera dejar el teléfono móvil ni ninguna de sus pertenencias en la entrada.

Un trampolín. Quienes administran el lugar (una cooperativa social) explican que el objetivo es que el restaurante consiga tal reputación que los reclusos que trabajan allí puedan obtener un trabajo fácilmente cuando salgan de la prisión. "Ese es el gran reto. En la actualidad un detenido queda marcado de por vida cuando abandona la cárcel. Es igual que haya estado seis meses ó 20 años. Se le cierran todas las puertas. Y es injusto", lamenta una de las organizadoras, Silvia Polleri.

En In Galera trabajan ocho internos: cuatro como camareros, y cuatro más en la cocina. Además hay un chef y un maŒtre profesionales, externos a la cárcel. Polleri asegura que no existe riesgo de fuga: los detenidos contratados no pueden usar el móvil, pasan un control de seguridad antes de acceder al restaurante y no está permitido que sus familiares acudan como clientes.

Crema de batata a la leche con pan negro o carne al vapor con crema de pimiento rojo son algunas de las especialidades de In Galera. Un restaurante atendido por sus propios presos.