jueves, 24 de agosto de 2017
Por Ariel Robert

Y vos... ¡¿qué mirás?!

Sin criterios firmes. Abrirse al mundo también implica trabajar para seducir a los públicos foráneos y antes, abastecer al propio

Si nos impusiéramos decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, deberíamos reconocer que lo más visto en la televisión argentina y lo más buscado en los hogares es el aparato del control remoto.

Aunque este fenómeno tampoco es una particularidad de nuestra sociedad, hoy la preocupación se da especialmente en la producción de contenidos autóctonos para los canales de televisión abierta de Buenos Aires, señales que alcanzan a todas las ciudades densamente pobladas de nuestro país.

Considerar que esta preocupación implica sólo un interés sectorial devela la miopía de la política vernácula.

Por primera vez en demasiados años, las pantallas hogareñas ofrecen sólo una ficción nacional contemporánea. Apenas 20 horas mensuales de las tres mil seiscientas horas que transmiten las 5 emisoras de tv abierta, esos canales a los que llamadas nacionales.

Afligirse por esto frente a los dramas que atraviesa la Argentina no es una banalidad sino otro factor que incide para que el abanico de problemas ventile con más fuerza la ausencia de criterios firmes en relación a la construcción de una matriz productiva actual, dinámica y soberana.

tele.jpg
Televidentes. Nos debemos un debate sobre el modelo de televisión que queremos.
Televidentes. Nos debemos un debate sobre el modelo de televisión que queremos.

Los teóricos de la posmodernidad explicaron muy bien la centralidad que ejercen los medios y lo que la fragmentación de discursos provoca.

Esa frontera lábil que suele mezclar (y por consecuencia confundir) la descripción de un hecho fáctico con la promoción de una telenovela, promueve la dificultad para discernir lo que es real de lo que no.

El perjuicio y el riesgo de no producir contenidos audiovisuales propios, fuera de los clásicos informativos o noticieros, y de los espacios denominados talk show es que estos comienzan a adquirir las formas de los relatos cinéticos que proponen historias ficticias o sucesos fantásticos.

La detección de conductas lesivas por parte de dirigentes; la puesta en escena de hechos delictivos; las denuncias por desempeños estériles de los gobernantes y opositores, adoptan características de escándalo espectacular y pierden densidad en su importancia, por lo que las soluciones se postergan hasta que se agoten las ocurrencias que las suceden cotidianamente. Se dispersan hasta disolverse en la memoria colectiva, y luego, cuando se pretende recuperarlas, carecen de criticidad en la mente de los telespectadores.

Destacar como problema la ausencia de producciones televisivas de ficción no responde a cuestiones meramente artísticas y tampoco a posturas chauvinistas.

Tiene demasiados aspectos como para agotarlos aquí. Vamos a intentar describir los más accesibles y poner de relieve aquellos más notorios.

Las propuestas que aglutinaban a las familias argentinas frente a la tv abarcan un gran y heterogéneo espectro.

Géneros imposibles de incluir en categorías universales, como "Los campanelli" o "Mesa de noticias", sirven como fiel espejo social al que se le adosaba una conveniente dosis de comicidad.

Y aquellas potentes telenovelas que –debido al enorme éxito- hubiesen impedido siquiera la idea de que Travis amenace con invadir de Über las ciudades argentinas, me refiero a "Rolando Rivas, taxista" y "Un mundo de 20 asientos".

Especial capítulo ocuparon los unitarios de elevadísima calidad. En la década de 1970 "Cosa Juzgada", del clan Stivel, destilaba con elegancia artística y con valiente vehemencia la amenaza en ciernes. Y como conjuro para despojar los últimos vestigios de la dictadura, en 1982 "Nosotros y nuestros miedos", con elencos rotativos y guiones de autores excelsos.

La vigorosa tradición en realización de series evidencia la capacidad productiva, hoy prácticamente ociosa.

Algunas comedias impagables como "Mi cuñado", tanto en la primera versión con Osvaldo Miranda y Ernesto Bianco como en la posterior con Brandoni y Darín, alcanzaron rating irrepetibles. Y para no sonar nostálgicos, la enorme cantidad de propuestas desde el inicio del tercer milenio hasta hoy evidencia la oportunidad latente.

Desde las sórdidas "Tumberos", "Ocupas" y "El puntero" hasta las más simpáticas como "Los Simuladores" o "El amor de mi vida" funcionan como una polea que vincula y pone a trabajar a los involucrados en la industria, pero además activa un mecanismo de consumo que es relevante desde diversas aristas, atributos que sólo parecen invisibles para los gestores culturales de nuestro país, más allá de que ocupen butacas en la administración actual o del otro lado de la grieta adentro del congreso.

Pensar a la producción audiovisual, pero muy especialmente a la que proporcionan los canales abiertos, digitales y analógicos, de gestión privada y de arbitrio estatal, no es un entretenimiento pasajero. Abundan ejemplos.

Quienes le atribuyen a la casualidad o a la magia que en vez de tiras, novelas, series y unitarios argentinos, sean ahora galanes coreanos, damas turcas, personajes bíblicos de oriente medio -pero que hablan portugués- los que se roban las miradas de nuestros compatriotas es porque requieren de un gps que les indique de qué se trata la economía y algo de lo que todos hablamos y no tantos nos ocupamos: se trata de la educación, en este caso, formación no escolar.

Otro perfil -y no de red social- sino el economicista: Rebelde Way, serie destinada a públicos adolescentes, fue distribuida en cuarenta países y en otros siete la adaptaron. Esto propicia ingreso de divisas como cualquier exportación convencional, sabiendo que es el muy mentado y escasamente practicado valor agregado lo que más beneficia a nuestra economía. Y sí podríamos coincidir en que no es, para consumo interno, lo que más recomendaríamos, ya que es parte de nuestro ADN aspirar a ser lo que no somos y despreciar a los que hacen y son exitosos.

Abrirse al mundo no es una elección, es una imposición planetaria a la que podemos resistirnos sabiendo que por tamaño y poder que en verdad tenemos, nada vamos a alterar. Una rebeldía innecesaria. Pero esto no significa agacharse para evitar que decapiten nuestros intereses, esto implica trabajar para seducir a los públicos foráneos y antes, abastecer al propio. Sí.

Como hacen los países desarrollados. Liberales y capitalistas. Como el vecino Brasil, que exige a todos los servicios que brindan contenidos televisivos, tanto gratuitos como pagos, ocupar las horas de su franja central con producciones brasileras. Cupos de ficción que estén concebidos por sus guionistas, sus directores; protagonizados por sus actores y musicalizados con canciones o interpretaciones de sus artistas. Contratados por sus enormes cadenas nacionales o por las gigantes internacionales. Ah, y la historia puede ser de cualquier región del mundo o de ciencia ficción, pero debe pronunciarse y correctamente en portugués.

Oh. ¿Qué será?. Bastaría con calcular que hoy, un chico que está concluyendo su carrera universitaria, ha tenido una relación presencial más estable, más frecuente y probablemente incluso más afectiva con el televisor que con todas y cada una de las aulas en donde cursó.

Ni elogiar ni despotricar. Hacer, llenar, mirar.

Aquello que algunos llaman caja boba, suele ser peor que boba si aceptamos de manera acrítica que otros nos tomen de bobos con estímulos sustitutivos.

Hay que ver. Pero antes de esa función escópica, debemos pensar y mirar un poco más allá, cuestión de saber que podemos hacerlo nosotros

Un modelo argentino. Sí, en principio puede sonar caro. Caro pero el mejor