
Tras un concierto en Madrid donde grabó un disco y un DVD, el rosarino habla de sus proyectos, de su éxito como solista en los '90 y de su rol como padre famoso.
"Haber grabado el disco más vendido del rock nacional (El amor después
del amor) es toda una carga que puede jugar en contra", suspira.
"Pero no me jode que no me perdonen el éxito. Al contrario, lo vivo con
alegría, porque siempre he tenido la suerte de llevar a cabo mis ideas. Gustavo
(por Cerati) es un artista más complejo que Andrés (Calamaro), es un buscador
de texturas; a él le interesa la tecnología y tiene estructuras armónicas muy
nuevas. Andrés también inventa formas, pero con resultados más netos,
populares, más fáciles de asimilar".
¿Y vos?
Yo soy un mamarracho (se ríe).
Epa.
Sí, juego con mucha merca distinta. Y por eso, no soy tan directamente
legible, o imitable. Tuve la suerte de nacer en un hogar donde se curtía a
Oscar Peterson y a Goyeneche al mismo tiempo. Nunca tuve dificultad para
relacionarme con la vanguardia y con lo popular. Por eso, en los '80 yo podía
escuchar a Silvio Rodríguez y tocar Clics Modernos.
En los '80 reivindicabas a Serrat, un tabú rockero total entonces...
Pero no lo era para mí. Ahora le digo a mi hijo Martín (8 años): "Escuchá Mediterráneo".
¿Así que iniciás a tu hijo en la música?
No, ni a Martín ni a Margarita (3 años) les impongo nada, eh. A Martín le
gustan Mozart, Steely Dan y Charly. Pero él solito los descubrió en mi
discoteca. Sólo me limité a sentarlos a los dos al piano el verano pasado, para
enseñarles a poner los deditos en el do-re-mi-fa-sol. Margarita canta muy bien,
pero aprendió sola.
Volviste a tocar "La rumba del piano", tu oda erótica al
instrumento que recuperaste en el álbum "Rodolfo". Ahí está "El
cuarto de al lado", que se refiere a la pieza de tus hijos. ¿En tu nueva
geografía doméstica estás yendo del piano al cuarto de ellos, ahora que estás
separado y sin "tropa"?
Sí, es un poco un refugio del afuera: mi piano, los chicos al lado. No llegué
conscientemente a esta situación hogareña, pero se ve que es un mecanismo que
maneja mi sensibilidad. Ahora que estoy en España, extraño los rituales que
tengo con ellos. Mirá: sábado a la noche, los tres nos tiramos en la cama,
miramos la tele y comemos pizza y empanadas. ¡No cambio nada por eso! Llego a
Buenos Aires el sábado a las 20 y ya lo llamé a Martín para recordarle que tenemos
el encuentro.
¿Y cómo hacés para salir con ellos siendo tan conocido?
Salgo. Hacen vida de chicos normales; no los escondo. Cumplo con mi tarea de
padre: ya me disfracé de árbol en la fiesta de fin de año del colegio. Saben
bancarse que yo firme autógrafos.
¿Y cuándo componés?
Mi hora es la noche, cuando ellos duermen y no suenan los teléfonos. Ellos
saben que nadie me debe despertar hasta el mediodía.
Tu visión de la infancia y de la muerte ya no debe ser la misma que tenías
en "Tumbas de la gloria".
En esa época era todavía un chico temeroso, perdido, sin plata, viviendo
excesos. Ahora me hice hombre. Soy padre y estoy aprendiendo a criar hijos.
Ellos te ayudan a olvidarte de la muerte. Pero a la vez te enfrentan a ella...
¿Por qué?
Porque cuando los ves crecer, están encarnando el paso del tiempo. Pero no me
da miedo: trato de reírme de eso, también...
Fuente: Clarin
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