jueves, 10 de noviembre de 2016
Gustavo Cerati

30 años de "Signos" de Soda Stereo

Cómo el encierro y el enfrentamiento de Gustavo Cerati con sus demonios dieron pie al disco que le abrió las puertas de Latinoamérica al trío

"Durante Signos estábamos muy nerviosos por lo que pasaba alrededor nuestro", le contaba Gustavo Cerati a Rolling Stone en 1999. "Era ese momento del auge de la cocaína en los 80 y recuerdo que un día me levanté muy angustiado y me fui derecho a un hospital pensando que me moría. Le dejé como 100 mangos al taxista; no me importaba nada. Bajé, me metí en la guardia, patée a un epiléptico -un pobre pibe que estaba antes que yo- y le dije al doctor: 'Por favor, atendeme', en un estado de deformidad drogada, pero al mismo tiempo con una angustia de vida que hasta entonces no había sentido nunca. Me acuerdo que después terminé en los brazos de mi madre, en la bañera de su casa, tratando de calmarme. Entonces me quedó muy grabado el peligro de lanzarse tanto, porque no era solamente la situación de la droga, la sensación de que el corazón se te salía, sino además la terrible presión de hacer ese disco, de pensar que eso era terriblemente importante, cuando no tenía por qué ser así".

Signos, tercer disco de Soda Stereo tras el debut homónimo (1984) y Nada personal (1985), es hijo de la crisis. Con los primeros fríos del 86, en el piso que hasta hacía días compartía con la modelo Noelle Balfour, Gustavo le ponía el cuerpo al bloqueo creativo que a veces viene con los grandes shocks. Estaba previsto que Richard Coleman colaborara en algunas canciones, pero el panorama volteó los planes: "Un día entré a su casa y lo vi agotado, con el departamento tapizado de papeles arrugados y hojas arrancadas de cuadernos", contó el guitarrista alguna vez. El plan era grabar a la semana siguiente y la música estaba pero sólo había dos letras. Se rindió ante el sueño a las 2 de la madrugada hasta que la inspiración le abrió los ojos por la fuerza. "Esa noche se rompió el bloqueo, porque me pasaba que la música iba aumentando geométricamente y la letra tan sólo aritméticamente, y sabía que tenía muchas cosas para decir. Me desperté sobresaltado, puse el cassette con la música de los temas y fui escribiendo una letra tras otra".

Las líricas ("un poco más retorcidas", compararía luego Cerati con su obra anterior) tenían un concepto: reflejar los acontecimientos que desembocaron en la mencionada crisis, como si de la caja negra de un avión se tratara (de hecho "Final caja negra", tema que cierra el álbum, también estuvo a punto de bautizarlo). Decididos a autoproducirse como en Nada personal (en el debut siguieron indicaciones de Federico Moura), volvieron a refugiarse en los Estudios Moebio con el ingeniero de sonido Mariano López.

"Signos llevó muchas horas por día y muchos días de grabación y producción de audio. Mes y medio, tal vez dos", recuerda López. "Se grabó en cinta magnética análogica en dos grabadores de 16 canales sincronizados. Lo mezclamos en una consola de 64 canales, también analógica. La mezcla de audio de cada tema se hacía a mano, y los cuatro teníamos tarea sobre la consola. Ciertos niveles, paneos y efectos había que repetirlos hasta que lográbamos incorporarlos después de muchas pasadas del tema y cuando funcionaba se registraba en la cinta para el master estéreo. Por lo tanto vale decir que cada mezcla era única e irrepetible". Para sumar problemas a la situación ya de por sí caótica, la técnica empezó a fallar: "Elegimos el mismo estudio de Nada personal, que estaba en decadencia. Todas las máquinas empezaron a romperse y nuestro ánimo estaba muy extraño. Pasábamos momentos de mucha felicidad y de mucha depresión", confesaba alguna vez Cerati.

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Otro de los involucrados en esta gesta fue Fabián Von Quintiero. "Ellos se habían formado con los Beatles, como nos formamos un poco todos, pero después escuchaban Depeche Mode, Psychedelic Furs, Cocteau Twins... y yo me plegué a eso", dice el Zorro, que había entrado al grupo como tecladista invitado en el segundo álbum pero había ganado protagonismo al punto de que se le adjudicara el tantas veces reclamado mote de "cuarto Soda". A esta altura, el dark y el new romantic desplazaban al pop, el ska y el funk sintético de los inicios con un sonido más orgánico: "A nivel teclados, en Nada personal es todo más sampler tecnoso, y en Signos aparece el órgano Hammond, que fue un leitmotiv de esa grabación", cuenta Quintiero (aportando a la sensación de "tracción a sangre": una sección de vientos dirigida por el Pollo Raffo para "Sin sobresaltos"). Había una decisión de cambiar, de evolucionar, de mostrar otras profundidades. "Fue el desafío de sacarnos el lastre de ser sólo una banda pop", explicó Zeta Bosio.

Signos también marca el final de la relación entre el Zorrito y el trío, desgastada a partir de un hecho policial anterior a la grabación que no se resolvió de la mejor manera. "El problema que tuve con ellos empezó cuando, después de un show, nos robaron un camión con todos los equipos y quedamos en pelotas. Como yo era un músico invitado, a la hora de los números no había una repartija igual. Entonces cuando nos afanaron las cosas... yo ganaba diez veces menos que los Soda Stereo por show, y no había seguro ni nada. Entonces a mí me costó diez veces más recuperarme. Lo hablé con Gustavo en su momento, me dijo 'quedate tranquilo' y al final no pasó nada, y ahí quedó una onda medio extraña. Así que cuando vi la posibilidad de irme a trabajar con García ni lo dudé, y ellos tampoco hicieron mucho esfuerzo para que me quede".

Aunque habían probado con el mendocino Natalio Faingold como tecladista entre un elepé y otro, en el estudio -dice Quintiero- funcionaron casi como un cuarteto: "Yo en Signos trabajé muy bien. Cuando llegué a la sala tenían casi todos los temas hechos, y yo hice arreglos. Incluso hicimos 'Caja negra' todos juntos, que estaba hablado que yo la iba a firmar y no la firmé".Sólo dos personas firmaron canciones por fuera de la banda. Una fue Isabel de Sebastián de Metropoli, co-autora de "En camino". La otra fue Jorge Daffunchio, un artista visual de zona oeste que conectó con Cerati a través de un concurso de letras organizado por el programa radial Submarino amarillo que conducía Tom Lupo.

Daffunchio había mandado una llamada "Cine negro" que despertó el interés del líder de Soda pero que no llegó a plasmarse en canción. Tras idas y vueltas telefónicas, se encontraron en el departamento de Gustavo. "Me pasa un papelito manuscrito con más o menos quince nombres y me dice: 'Escribí lo que quieras, sobre lo que te sugieran estos títulos'", le contaba el letrista a Rolling Stone en 2014. Uno de esos nombres era "Persiana americana". "Cuando vi 'Persiana' ya sabía sobre que iba a escribir. En ese momento leía mucho la Novela Negra Americana, autores como Dashiell Hammett o Raymond Chandler, que hablaban de detectives privados en oficinas con ventiladores de techo y persianas americanas. Así que situé a alguien en un lugar como ése, esperando a otro alguien que nunca llegaría. Después Gustavo me pidió que hiciera una versión 'más romántica' y me acordé de Vestida para matar y tomé la idea de alguien que espía por la persiana americana" (seguramente Daffunchio confunde el nombre de la película dirigida por Brian De Palma con otra del mismo realizador, Doble de cuerpo, que plantea una situación voyeur).

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Al disco le costaba nacer, pero se veía asomar algo memorable. "Lo recuerdo perfecto: Gustavo me mostró un primer demo de 'Signos' y algo más que puede haber sido 'El rito'. Fue en su Falcon volviendo tarde de un show en una disco en el Tigre", cuenta el manager Oscar Sayavedra. "Me impactó su acercamiento estilístico a algo más cercano a Spinetta, a Invisible. Para mí fue un placer enorme y una sorpresa alucinante, porque era el salto al rock con mayúsculas, a esa herencia de grandes letras y arreglos más sofisticados. Estaba claro que se venía algo importante, nunca visto antes en el rock argentino".


Signos salió a la venta el 10 de noviembre de 1986 (dos años después fue el primer elepé argentino editado en CD). La repercusión fue inmediata, y para principios del año siguiente ya había alcanzado la categoría de Platino. Ahí empezó otra fiebre: la Sodamanía en Latinoamérica, a partir de la presentación del trío en el Festival de Viña del Mar en febrero del 87. "Luego de Chile estábamos muy felices porque queríamos la fama, vender muchos discos y creíamos que éramos el mejor grupo del mundo", contó Cerati. "En el fondo es muy raro no poder salir del hotel y toda esa locura, uno pensaba que estaba viviendo como una película de los Beatles". Ese año dieron 57 shows en 41 ciudades, y de ese tour salió el primer disco en vivo del grupo, Ruido blanco (1987).


Sus ganas de ser del jet set al fin se concretaban, pero a su vuelta de Chile el costado oscuro de Signos volvía a manifestarse: el 2 de mayo del 87, mientras tocaban "Persiana americana" en el boliche Highland Road de San Nicolás, un balcón se derrumbó y murieron cinco fans. La presentación oficial en Buenos Aires fue en Obras seis días después, y la banda seguía conmocionada. "Fue terrible, fue parte de la historia negra del rock y no sirvió para mejorar la prevención de nada", recordó Cerati tiempo después.


Para Sayavedra, Signos fue la bisagra definitiva en la carrera de Soda Stereo: "El 86 fue el año del despegue y la confirmación masiva. Nada volvió a ser lo mismo luego de esa gira larga, exitosa y demoledora". No tardarían en llegar las grabaciones en el exterior, las colaboraciones con Carlos Alomar y el estrellato absoluto, pero a toda esa expansión le abrió la puerta -paradójicamente- un encierro: el de Gustavo Cerati enfrentando a sus demonios entre cuatro paredes.


Fuente: Rolling Stone

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